13 abr. 2009

Jesus ha resucitado


Jesús ha resucitado

Jesús ¡Ha resucitado! La piedra del sepulcro ha sido removida, pero aún falta remover el corazón de los discípulos, corazones endurecidos y temerosos tras la muerte del Señor, corazones que buscan el encierro por miedo a los judíos.


En este segundo Domingo de Resurrección acoge a Cristo el Señor que viene a ti con el mismo saludo pascual que dirigió a sus discípulos: "La paz esté con ustedes", Él quiere suscitar en tu corazón la alegría de la Pascua, quiere remover tu corazón endurecido para que te conviertas en testigo de la resurrección ante tus hermanos.


La alegría de la Pascua la debes compartir y proclamar seguro de lo que el Señor ha derramado sobre ti: el don del Espíritu Santo "Recibe el Espíritu Santo" para que a impulso suyo puedas decir confiadamente: He experimentado la acción de Jesús en mi vida.


Cuanto agrada al señor una respuesta de fe: "Dichosos los que creen sin haber visto"; cuánto agrada al Señor una oración confiada "Señor mío y Dios mío".


Cuanto agrada al Señor una comunidad unida en este día de Pascua para confesar su fe en Él, vivo y resucitado, y que llega a cada eucaristía donde los cristianos reunidos en su nombre le acogen y Jesús poniéndose en medio de la asamblea vuelve a repetir para todos "La paz esté con ustedes".


Comisión Episcopal de LITURGIA
PERÚ

9 abr. 2009


Una reflexión para el Sábado Santo


Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Guarda silencio para aprender del Maestro, al contemplar su cuerpo destrozado

Cada uno de nosotros puede y debe unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios. Pero sin estar meramente pasivos: es una gracia que Dios nos concede cuando se la pedimos delante del Cuerpo muerto de su Hijo, cuando nos empeñamos por quitar de nuestra vida todo lo que nos aleje de Él.


El Sábado Santo no es una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Es necesario que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos.


El mundo tiene hambre de Dios, aunque muchas veces no lo sabe. La gente está deseando que se le hable de esta realidad gozosa -el encuentro con el Señor-, y para eso estamos los cristianos. Tengamos la valentía de aquellos dos hombres -Nicodemo y José de Arimatea-, que durante la vida de Jesucristo mostraban respetos humanos, pero que en el momento definitivo se atreven a pedir a Pilatos el cuerpo muerto de Jesús, para darle sepultura. O la de aquellas mujeres santas que, cuando Cristo es ya un cadáver, compran aromas y acuden a embalsamarle, sin tener miedo de los soldados que custodian el sepulcro.


A la hora de la desbandada general, cuando todo el mundo se ha sentido con derecho a insultar, reírse y mofarse de Jesús, ellos van a decir: dadnos ese Cuerpo, que nos pertenece. ¡Con qué cuidado lo bajarían de la Cruz e irían mirando sus Llagas! Pidamos perdón y digamos, con palabras de San Josemaría Escrivá: yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!


Se comprende que pusiesen el cuerpo muerto del Hijo en brazos de la Madre, antes de darle sepultura. María era la única criatura capaz de decirle que entiende perfectamente su Amor por los hombres, pues no ha sido Ella causa de esos dolores. La Virgen Purísima habla por nosotros; pero habla para hacernos reaccionar, para que experimentemos su dolor, hecho una sola cosa con el dolor de Cristo.


Saquemos propósitos de conversión y de apostolado, de identificarnos más con Cristo, de estar totalmente pendientes de las almas. Pidamos al Señor que nos transmita la eficacia salvadora de su Pasión y de su Muerte. Consideremos el panorama que se nos presenta por delante. La gente que nos rodea, espera que los cristianos les descubramos las maravillas del encuentro con Dios. Es necesario que esta Semana Santa -y luego todos los días- sea para nosotros un salto de calidad, un decirle al Señor que se meta totalmente en nuestras vidas. Es preciso comunicar a muchas personas la Vida nueva que Jesucristo nos ha conseguido con la Redención.


Acudamos a Santa María: Virgen de la Soledad, Madre de Dios y Madre nuestra, ayúdanos a comprender -como escribe San Josemaría- que es preciso hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas. Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una sola cosa con Él.


Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei

La cruz

En medio del griterío desbordado, Pilato les entregó a Jesús para que fuese crucificado (Jn). No es una mera condena por rebelión, ni siquiera una condena a muerte sin más, sino la muerte en la cruz. Era tan injuriosa la condena que estaba prohibida para los ciudadanos romanos. A la tortura se añadía la infamia. Era una muerte lenta y exasperante, una tortura cruel, era el peor suplicio que podían encontrar para matar. Se clavaban las manos y los pies en el madero y al colgar, el cuerpo se consumía en la asfixia. Al desangrarse, se padecía gran sed y fiebres, unido a unos dolores intensos al estar colgado el cuerpo de tres hierros. Era una muerte pública, de escarmiento por la gravedad de los delitos.

Jesús va a dar un paso en ese abajamiento y humillación para salvar a los hombres. Podía haber sido de otro modo, pero entonces no se hubiera descubierto el misterio de iniquidad del pecado y su gravedad, ni se hubiera revelado la hondura del amor de Dios. La cruz era el modo de expresar un océano sin límites de verdad y de bondad. Demuestra el amor excedente de Dios, un amor que se da, dispuesto a todo, un amor hasta el vaciamiento total. La cruz muestra el valor del hombre, el gran precio que Dios está dispuesto a pagar por la salvación de cada uno. El mismo Dios se humilla y sufre, y las ideas humanas sobre Dios tiemblan ante la realidad de tanto sufrimiento de un Dios que quiere ser un juguete para los juegos macabros de los hombres perversos. La crueldad y el dolor se hacen medios para expresar el amor misericordioso. Y Jesús como hombre asume su papel con generosidad y convierte la muerte en acto de amor humano con valor infinito, porque también es Dios.


La cruz revela la misericordia, es amor que sale al encuentro del que experimenta el mal. la cruz es la inclinación más profunda de la divinidad hacia el hombre; es como un toque de amor eterno sobre las heridas más dolorosas, es un amor que vence en todos los elegidos las fuentes más profundas del mal. Y ¿por qué es esto así? Porque Jesús ama sobre todo al Padre. Y con ese amor ama a los hombres esclavos del pecado.


"Después de reírse de él, le quitaron la púrpura y le pusieron sus vestidos. Entonces lo sacaron para crucificarlo"(Mc). Lo desnudan de sus indignas vestiduras y quedan en evidencia todas las heridas y los golpes de la flagelación. La heridas, ya infectadas, se reabren y vuelven a sangrar; no hay en Él parecer ni hermosura; es el hombre que lleva marcados los signos de los pecados. Le colocan sus vestidos, y la túnica inconsútil fabricada por manos amorosas, vuelve a cubrir su cuerpo. Todos podrán distinguir bien quién es, pues ha vuelto a recuperar su aspecto. La corona de espinas la dejan, y cada movimiento hace que vuelva a sangrar la cabeza: el rojo de la sangre se confunde con el de la túnica. "Tomaron, pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos. Muchos de los judíos leyeron este título, pues el lugar donde Jesús fue crucificado se hallaba cerca de la ciudad. Y estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Los pontífices de los judíos decían a Pilato: No escribas el Rey de los judíos, sino que él dijo: Yo soy Rey de los judíos. Pilato contestó: Lo que he escrito, escrito está"(Jn). Pilato, sin saberlo, le ha proclamado rey, una vez más y definitivamente. Pero Cristo es rey, desde la cruz, sólo en aquellos corazones que captan el reinado de amor venciendo la tiranía del pecado y del diablo. El título ha quedado escrito en tres idiomas. pero el reino de Cristo será universal, pues por todos derrama su sangre.


El trayecto del pretorio hasta el lugar de la crucifixión no es largo, de un kilómetro, más o menos. Primero recorre unas pocas calles de Jerusalén, después atraviesa la puerta judiciaria, y, a campo abierto, asciende el pequeño montículo de Calvario, bien visible desde las murallas de la ciudad; los caminos pasan cerca del lugar de la ejecución.


Llevaban con Él dos malhechores para ser ejecutados. Forma el centurión con un buen grupo de soldados, y avanza la comitiva con gran dificultad. Las calles se llenan de gente que hay que apartar sin contemplaciones. No todos insultan, lloran algunas mujeres. Jesús puede detenerse ante ellas. "Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, que lloraban y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos, porque he aquí que vienen días en que se dirá: dichosas las estériles y los vientres que no engendraron y los pechos que no amamantaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: caed sobre nosotras; y a los collados: sepultadnos; porque si en el leño verde hacen esto, ¿qué se hará en el seco?"(Lc).


Estas mujeres son distintas de las galileas que acompañaban a Jesús en su caminar, anunciando el Reino de los cielos. Eran de Jerusalén, convertidas en los diversos viajes de Jesús a la ciudad santa. Lloran porque es grande el dolor. Lloran, pero no huyen. Lloran, pero siguen creyendo. Su amor no les permite dudar de la verdad de lo creído en los momentos de luz. Ahora todo es oscuro, dramático, sangriento, no hay milagros, Dios parece enmudecido. Pero no dudan de Jesús. El amor les lleva a una intensa compasión y hacen lo que pueden: lloran. En la pasión donde pocos discípulos estarán presentes, las mujeres tendrán una parte muy importante. El amor es el fin de la fe, y ellas saben querer, también cuando todo lo externo parece hundirse


Jesús, entrecortadamente, les explica la gran tragedia del pecado. Si al inocente lo ven tan destrozado, ¿como será la condición de los pecadores? Leña seca para el fuego eterno, que Jesús intenta apagar con las lágrimas de un amor verdadero por los que no pueden, ni a veces quieren, rectificar. Las lágrimas de las mujeres son sinceras y doloridas. Nada puede dar consuelo a su dolor. Jesús lo sabe y se lo agradece, a la vez que les enseña, una vez más, cual es el sentido de su cruz.


Enrique Cases

Fuente http://www.encuentra.com/
Reproducido con permiso del Autor,Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitariaspedidos a eunsa@cin.es


La ley del amor
¿Qué hacer para poder estar unido con Dios y con Jesús? Vivir de amor.


"Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea completo. Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado"(Jn).
La clave del mandamiento del amor es "como yo os he amado""Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos"(Jn). Por amor se pueden hacer regalos, se pueden hacer esfuerzos y sacrificios, se pueden prodigar los beneficios sobre la persona amada. Pero siempre queda aún algo: dar la vida. La muerte se muestra aquí como testigo mudo de ese amor más fuerte. De un amor que no se detiene ante nada, ni ante nadie.
"Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn). Ese amor de amigo de Jesús por los suyos, esa elevación de siervos a amigos, poniéndoles en un nivel más alto que el que les corresponde, es una revelación del amor del Padre.
Toda la Redención es un querer del Padre.Ese amor lleva a la elección como íntimos y colaboradores. "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando, que os améis los unos a los otros"(Jn). Sembradores de amor en el mundo. Sembradores de libertad, de eternidad en el tiempo, de vida divina, de alegría contagiosa. Y los frutos no pasan.

Enrique Cases

3 abr. 2009

Domingo de Ramos

Se entrecruzan dos sentimientos
Siempre que celebramos el Domingo de Ramos, se entrecruzan dos sentimientos bien diferentes; por un lado la alegría de recibir a Jesús en el pórtico de la Semana Santa y, por otro lado, la visión que tenemos de que, la pasión, es lo que al final le espera.

Es como aquel turista que iba felizmente en un viaje pero, en la última etapa, veía que existía un muro ante el cual, tenía que detenerse. Un final de viaje, triste.

Pero la Pasión de Jesús, no será un muro infranqueable. Lo recibimos con palmas los mismos que, en Viernes Santo, gritaremos ¡crucifícale! ¡crucifícale!

La vida está sembrada de contradicciones. Alimentada por adhesiones y deserciones. Probada por fidelidades e infidelidades. Y, nosotros, en el Domingo de Ramos, manifestamos que ciertamente, la Pasión, sólo la puede retar alguien como Jesucristo. Alguien que, como El, esté dispuesto a perdonar, olvidar ofensas, cobardías y falsos juicios.

En un mundo en el que vivimos como reyes (por lo menos parte de él) resulta un desafío (o incluso para algunos algo sin sentido) un Jesús montado en un pollino y aclamado, ¡para más INRI! como rey.

Lo cierto es que, el Domingo de Ramos, es el ascenso hacia la Pascua. Aquel que viene en el nombre del Señor, incita muchos sentimientos en aquellos que le acompañamos con ramos y palmas en esta mañana.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

Y, es verdad. La Semana Santa, si algo tiene, es que sigue cristalizando los deseos de un Dios que en Jesús, quiere acercarse y donarse por los hombres.

¡Pero qué ingenuo! Pensarían algunos de los que contemplaron el auténtico cortejo que se dio en la Jerusalén de entonces. ¿Un rey en pollino? Así es Dios. Nos desconcierta. Habla desde el camino de la sencillez. Nos aturde cuando de, una forma casi provocadora, empuja a Jesús a iniciar un viaje feliz a Jerusalén, con un final triste: con un amigo usurero, de la mano de otro que le niega y, sentándose con algunos más, que le abandonan en las horas de más angustia y de soledad.

Interviene Dios, en el Domingo de Ramos, desde la alegría que nos debe de producir un Jesús que sabe lo que le aguarda, a la vuelta de la esquina, por haber apostado por la salvación del hombre.

Habla Dios, en el Domingo de Ramos, para los que tenemos fragilidad e incoherencia: hoy decimos que sí, pero mañana diremos que no.

Se hace presente Dios, en el Domingo de Ramos, como lo hizo desde el mismo nacimiento de Jesús en Belén: con pobreza y sin miedo al ridículo. Fue adorado por los pobres en la gruta de Belén, y es aclamado por el pueblo sencillo y llano, en su entrada a Jerusalén.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

Y la Iglesia, sigue adentrándose en este tercer milenio, en ciudades y conciencias porque sabe que viene y habla en el nombre del Señor. Su sola presencia a unos dejará indiferentes, en otros acarreará aplausos y en otros más, enojo.

La historia se repite. La sociedad, a veces dominada no precisamente por el bien común, se resiente en sus cimientos cuando alguien le recuerda una instancia superior o un bien supremo; una fuerza poderosa, más definitiva y eterna que otorgue un poco más de orden y de solera a la realidad tan enrevesada que padecemos.

Por ello mismo, en el Domingo de Ramos, la iglesia debe de recuperar la fuerza para seguir caminando con ilusión, convencimiento y fortaleza hacia la mañana de resurrección. Siendo consciente de que, por medio, está la cruz, la persecución, las traiciones desde dentro de casa, la blandura de algunos de sus miembros y la incomprensión de otros tantos que tan pronto le aplauden como la apedrean.

Y es que, la vida cristiana, en algunos momentos puede ser así: un encantador viaje con un triste final. Eso sí, la última Palabra por ser de Dios, pondrá a esa tristeza un choque: la resurrección de Cristo. Y, eso, ya no es final triste. Es una traca con destellos de eternidad y de felicidad eterna.

Javier Leoz
www.mercaba.org
Parecía que ya estaba todo claro…

Que Jesús había resucitado y así lo cantamos convencidos el año pasado con sonoros aleluyas. La victoria sobre el mal en todas sus formas, la del pecado y de la muerte, eran ya cosa sabida, era coser y cantar. Pero hete aquí que llega esta época en la que nuevamente nos ponemos en ese mismo trance penitente, y se nos invita otra vez a ayunar, a orar y a dar limosna, como si de pronto alguien dijera que había salido mal y tendremos que volver a empezar. Por eso alguno se preguntará: ¿pero no habíamos quedado que Cristo había ya resucitado?

Sin que sea cíclica la liturgia cristiana, sin que sea el cuento de nunca acabar, sí que es cierto que el Señor ha resucitado... Sí, Él ha resucitado, pero nosotros no. Por eso ante los textos y los gestos de la liturgia de este tiempo, sin demasiado esfuerzo nos encontraremos con nuestras viejas dificultades para vivir de veras nuestra vida cristiana: habrá una luz que necesitarán nuestros rincones más oscuros, y un bálsamo nuestras heridas no cicatrizadas, y será la verdad la que nuestros engaños reparen, y la belleza y la bondad lo que transformen nuestra deformidad y maldades. Porque seguimos siendo mendigos de esa gracia que el Señor nos obtuvo con su resurrección, mendigos de esa gracia nosotros que somos pecadores.

Los tres gestos que ya desde el comienzo de la cuaresma se nos indicaban son tres formas de educar nuestra vida creyente como fieles cristianos, tres maneras con las que la Iglesia y el mismo Dios acompañan nuestra vida.

La oración en primer lugar. Cada mañana Dios abre a nuestros ojos todo un mundo sobre el que alienta su vida como en el soplo primero de la creación. Sabernos mirados por sus ojos, guardados por sus manos, amados por su corazón, es lo que nuestros hermanos los santos han acertado a vivir. Dios está presente en nuestros pasos, como padre solícito tras todos nuestros regresos pródigos, como padre gozoso cuando nos tiene en su hogar. Orar como diálogo con este Buen Dios en la trama de la vida, en lo que a diario nos acontece para pedirle entenderlo, para saber ofrecerlo, para acoger su compañía. La palabra de Dios de cada día, la celebración de la santa Misa, el sacramento de la confesión de nuestros pecados, serán citas de nuestro camino orante en la cuaresma.

En segundo lugar el ayuno. Cristo ayunó y nosotros debemos entender su razón purificadora que despierta nuestra conciencia tantas veces adormilada o distraída. Pero también el ayuno es un gesto solidario que nos pone junto a quienes no pueden elegir porque toda su vida es un ayuno de cosas esenciales, de dignidad, de paz y justicia, una vida hambrienta de verdadera humanidad. Y ayunando como Jesús, y en comunión solidaria con los prójimos, venimos a juzgar nuestras pequeñas o grandes opulencias: tantas cosas inútiles y superfluas que seguimos engullendo sin que nos nutran ni alimenten.

Por último, la limosna. Todo nos ha sido dado, todo es don de Dios. Y el nombre cristiano del compartir fraterno es precisamente la limosna. Además de unas monedas o una cantidad que podemos ingresar en nuestras organizaciones católicas (Manos Unidas, Cáritas, etc.), se nos pide a nosotros mismos ser esa limosna: mi fe, mi esperanza y mi caridad son las virtudes limosneras que cristianamente debo también saber dar como testimonio ante los hermanos y ante la sociedad.

Tiempo de cuaresma. Tiempo de conversión, de volver la mirada al Señor dejándonos mirar por Él; de mirar a cada hermano como somos mirados por Dios.

11 feb. 2009

Sí a las clases de religion

LA APORTACIÓN DE LA FORMACIÓN RELIGIOSA

Elegir la enseñanza de la religión en la escuela no es sólo saber cosas de Dios o datos de Jesucristo.
Es, sobre todo, saber y comprobar que Él vive, Él habla, Él nos ayuda. Él no invita a seguirlo.
Así podemos elegir libremente una manera de ser y vivir como Él.
Nos vamos formando según el modelo de vida que Jesús nos ofrece.
Él nos enseña a amar, nos perdona y nos enseña a perdonar, a servir.
Él mismo es el camino Verdadero para llegar a la vida eterna.
Él nos descubre quiénes somos y cómo podemos ser hijos de Dios.

LA FORMACIÓN MORAL CATÓLICA

-Todos buscamos el bien y la verdad; pero, a veces, es difícil escoger lo que es bueno frente a lo que es malo.
-Los cristianos reconocemos que es bueno lo que nos acerca a Dios y a los demás. Es malo lo que nos aleja de Dios y de los demás.
-El camino del bien que nos lleva hacia Dios, es también el camino de la felicidad.
-Cuando elegimos el bien somos libres y obtenemos la mayor dignidad.
- El ser humano es más libre cuanto más es capaz de elegir el bien.
-Para un cristiano esa libertada lo hace semejante a Dios y heredero suyo.
-La formación moral pretende orientar y fortalecer la voluntad en orden al bien y la verdad.
-Por ello ordena y estimula nuestra relación con los demás, para que sea el perdón y el amor lo que prevalezca y no el odio o la venganza.

Tomado de Iglesia de Sevilla, semanario diocesano. 22 -06- 2008