30 jun. 2008


“AY DE MÍ, SI NO EVANGELIZARA”





Alguien ha escrito que Pablo, después de Jesús de Nazaret, es la figura más importante de la historia del cristianismo. Sin él, el cristianismo hubiera sido otra cosa, a no ser que Dios hubiera suscitado otro como él. Hay quien le ha llamado “vaso de elección” y “el primero después del Único”. El Papa Benedicto XVI, en la audiencia del miércoles, 25 octubre 2006, decía de él que “brilla como una estrella de primera grandeza en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes”.


En los Hechos de los Apóstoles y en la Epístolas escritas por él, queda reflejada la rica personalidad del Apóstol San Pablo, descrita así por la Biblia de Jerusalén, al hacer la Introducción a sus Cartas:
“Pablo es un apasionado, un alma de fuego que se entrega sin medida a un ideal. Y este ideal es esencialmente religioso. Dios es todo para él, y a Dios sirve con lealtad absoluta, primero persiguiendo a los que considera herejes, 1 Tim 1,13, luego predicando a Cristo, cuando por revelación, ha comprendido que sólo en él está la salvación. Este celo incondicional se traduce en una vida de abnegación total al servicio de Aquél a quien ama”.


No es extraño, por lo tanto, que San Pablo, en la vida de la Iglesia, haya sido considerado –después de Jesucristo, claro está- como el prototipo de apóstol cristiano, el modelo de tantos y tantos misioneros sacerdotes, consagrados y seglares. Él ha sido, es y será modelo para todos los que toman sobre sus espaldas la noble y sublime tarea de evangelizar. Es verdad que Pablo fue una figura excepcional, un gigante del cristianismo, pero esto no es un obstáculo para que el apóstol y misionero de hoy lo imite en su amor enamorado a Cristo, en su gastarse y desgastarse por Él, en su celo por anunciar el Evangelio, y teniendo siempre bien claro –San Pablo lo tenía- que la eficacia de la evangelización es, en último término, obra de la gracia, y no fruto de las cualidades del evangelizador.


Quizá la Iglesia de hoy esté necesitada de misioneros, hombres y mujeres excepcionales. Pero lo totalmente cierto es que el misionero, excepcional o no, viviendo la vida en Cristo y enamorado totalmente de Él, ha de sentir en sus entrañas, como lo sintió y vivió San Pablo, el “ay de mí, si no evangelizara” (1 Cor 9,16 ).

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